Pieles centroamericanas y dolores comunes

por Daniela Muñoz
danielavms@gmail.com

IMG_0075Se pone fea la cosa. Allá se levanta una dictadura y acá, desde arriba, nos maniata la añeja y falsa democracia. Allá las balas, el miedo y la necesidad de puños en alto. Acá, de nuevo desde arriba, la corrupción, la delincuencia y la mentira. Allá y acá, la necesidad imperiosa de libertades y democracia. Acá, desde acá abajo, sobretodo la urgencia de solidaridad. Con ellos y entre nosotros, Solidaridad con un pueblo que no merece milicos en las calles, con un pueblo que teme morir defendiendo sus libertades mínimas, solidaridad con los hermanos centroamericanos cuyos pseudo-gobernantes han volteado atrás las páginas de la historia y los han llevado de vuelta a la oscura noche de las dictaduras latinoamericanas. Sin importar si fuera ilegal o no la consulta, fuera buen o mal presidente Mel Zelaya y me caiga bien o me caiga mal su gobierno –que de hecho, así es –, ¡en América Latina no queremos más, nunca más dictaduras militares! Todo apunta a que vamos de mal en peor en Centroamérica y para oscurecernos más el panorama tico, en el partido que dice –y sólo dice– ser progresista gana el tipo más conservador y en el partido más conservador –donde nunca hubo ni habrá esperanzas– ganan los mismos, otra vez. Y mientras los partidos postulan marionetas y títeres para ocupar los puestos políticos, el gobierno se quiere traer abajo a los muñecos y títeres que sí nos gustan a las mayorías. Quiere echar por el suelo, a la Compañía Nacional de Teatro, al Moderno Teatro de Muñecos y quiere desalojar a todo el mundo de sus trincheras artísticas para poner plaquitas con los apellidos de moda. Hacer arte no es rentable, mucho menos, claro está, si es arte que piensa, que critica, que calienta. Mientras tanto, en las calles, el miedo. “Exíjale-al-gobierno-que-vuele-garrote.org” –conocida por dar a conocer las leyes de la delincuencia y por su palomita blanca– logró lo que quería, una ley de mano dura para que la honesta y trasparente policía nacional pueda escuchar sus conversaciones y las mías, hacer requisas al azar y otras barbaridades, en nombre de la seguridad. A mí me entra la espinita –no se a usted– de que ahora además de cuidarme del tipo o tipa que me quiere robar el bolso o el celular, tengo que cuidarme del policleto o policía de a pie que quiere hundir su macana en mis costillas porque a mi no me gusta el gobierno. Por suerte, yo tengo varias espinita y seguro que usted también. Por suerte hay muchas espinitas metidas en plantas de muchos pies. Espinitas que nos hacen caminar, correr, cantar, manchar paredes, gritar, enojarnos y esas cosas, vitales para obligarnos a construir lugares más cálidos y amigables. Sólo hay que decidirse a tomar unas pinzas y sacarlas, aunque duela. Hay que sacarnos de raíz –y por la fuerza, si es necesario– el germen del militarismo, de las dictaduras y (nunca olvidemos) de las falsas democracias.

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